Todo comenzó en una tarde soleada de septiembre de 2022. Recordamos con enorme
cariño esa primera cita frente a la costanera de Tomé, sin imaginar la bendición que nos
esperaba. Una sencilla conversación sobre San Juan Pablo II bastó para que ambos
quedáramos cautivados por la fe y la alegría del otro. ¡Qué don tan grande habernos
encontrado!
Pronto, la Misa dominical se convirtió en nuestro hogar: el espacio donde nació nuestro
pololeo y donde decidimos poner a Dios en el centro de todo.
Entre viajes, risas y el anhelo diario de crecer en virtud, nuestro amor se fue fortaleciendo. Y
fue precisamente durante nuestra peregrinación a Yumbel donde nos comprometimos a
caminar juntos para siempre.
No nos cabe el gozo en el corazón por este SÍ tan grande que le damos al Señor y por la
bendición de ser testimonio vivo juntos.