Hoy confirmamos que aquel match de Tinder fue solo el primer capítulo de una historia que
acababa de empezar. Entre llamadas interminables y mensajes que unían lo que los kilómetros separaban, todo se empezó a sentir más real, más necesario... más inevitable.
Llegó el primer encuentro en Peñíscola donde ocurrió ese instante difícil de explicar en el que dos miradas se reconocen como si llevasen toda la vida buscándose. Lo más bonito de nuestra historia no fue encontrarnos. Fue descubrir que, desde aquel día, ya no queríamos perdernos nunca más.
Aunque la vida nos puso a prueba con la distancia, nos dio algo más fuerte a cambio: la certeza de que siempre elegíamos el mismo destino. Descubrimos que el hogar no era una ciudad, ni una casa, ni un destino marcado en un mapa. El hogar éramos nosotras. Y hoy todo encaja, como si la vida hubiese estado escribiéndolo desde el principio.