Nos conocimos a principios del 2020, en plena pandemia, entre mascarillas, alcohol gel y
lisoform.
La magia la hizo Tinder y, tras solo 4 días de conversación por WhatsApp, Fernando decidió que
era buena idea viajar a Curicó para conocerme (sí, en plena pandemia).
Ese mismo día —después de pasar por un riguroso proceso de desinfección— me pidió
pololeo… y no perdimos el tiempo.
Al poco andar, y con la “excusa” de las cuarentenas, terminamos al poco tiempo viviendo juntos
en Colina… y nunca más nos separamos.
Y como siempre hemos hecho las cosas a nuestra manera, primero llegó nuestro maravilloso
Arturo el 2024.
Después, en marzo del 2026, y fieles a nuestro estilo improvisado, nos casamos simbólicamente
en Punta Cana.
Y esperamos que esta historia tenga muchas aventuras más.